Foto: Benjamín Peralta.

Por en Columnas

En 1925 comenzó un sueño para un puñado de hombres, ellos querían jugar fútbol y donde estaban no se sentían cómodos, entonces tomaron sus cosas y se fueron a un bar parar tirar las líneas de lo que sería un nuevo club.

Lo que no sabían, ni tampoco esperaban, era que con la frase “Vámonos Quiñones, que jueguen los viejos”, dicha por el gran David Arellano, se daba el paso definitivo para lo que unos días después bautizaron como Colo Colo.

El Club Social y Deportivo Colo Colo nace como eso precisamente, como un club con el cual se pretendía jugar fútbol de una manera organizada, pero también como una instancia de trabajo comunitario, de ayudar a la sociedad en general. Estoy seguro que ese puñado de hombres nunca esperó ni se imaginó que Colo Colo se convertiría en una pasión que determinaría la personalidad de sus seguidores.

Sí, porque el colocolino va siempre por el éxito. Lucha hasta cuando ya las fuerzas se han ido. En todo lo que hace quiere ganar, ser el mejor. El colocolino no se conforma con un triunfo moral.

Es una pasión que traspasa las fronteras, que se riega por el mundo y contagia a quienes alguna vez han conocido a Colo Colo.

Es una pasión que se grita, que se vive, que se llora. Es quedarse sin voz cuando gritas un gol en el último minuto. Es perder la compostura y el vocabulario cuando llega el desahogo del gol.

Sí señores, sí señoritas, Colo Colo no es algo que se pueda ocultar, el ser colocolino, colocolina se lleva impregnado en la piel y moleste a quien moleste seguiremos festejando hasta el más pequeño de los triunfos como si fuera la final de la copa del mundo. Y si de alguna manera dañamos tus oídos con nuestra alegría, lo lamento, no te quedará más remedio que acostumbrarte, porque esto no es un equipo de fútbol, esto es COLO COLO.

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