Cuando Hugo Rubio se pega un carrerón de media cancha para marcar el 2-0 final con el que Colo-Colo le gana a Palestino en esa final de Campeonato del año 1986, supe que los colores blanco y negro serían mi amor, mi vida, mis penas y alegrías. Levantar esa copa fue lo que me convenció a mis 9 años de vida que lo único que me importaría sería ver ganar al Cacique una y otra vez.

Desde ese minuto el amor por mi club empezó a inundar mis horas. Esperaba las noticias de la noche para ver los goles, sobre todo cuando disputábamos la Copa Libertadores y siempre se nos cruzaba en el camino Cobreloa con todo lo que significaba ir a jugar a Calama.

En 1988 recibí como regalo de Navidad el carnet de socio del Club Social y Deportivo Colo-Colo. Debe ser uno de los regalos más sencillos, pero a la vez el que más marcó mi vida. Tener ese carnet en la mano, en mi billetera de adolescente no solo era una identificación como colocolino, sino también una responsabilidad que yo quería tener: estar al día en las cuotas, porque claro, me regalaron el carnet, ya era socio, pero estar al día solo dependería de mí.

En esa época todavía podía colarme gratis a ver a mi Colo-Colo en el estadio Santa Laura, que era donde más iba a verlo jugar porque quedaba a pocas cuadra de mi hogar. Los niños no pagaban entrada, así que solo me conseguía un adulto que me hiciera pasar con él.

Ir al estadio era estar toda la semana pensando en el partido y en los posibles goles, que ojalá fueran muchos. Papel picado en bolsas preparaba para llevar y lanzar cuando los hombre de Blanco pisaran el césped.

Vi grandes goleadas en ese recinto, que era el único que conocía, pero faltaba lo más importante: ver un clásico frente al archirrival.

Conseguir el permiso para ir al Estadio Nacional y ver a los equipos que más público llevaban a los estadios no era cosa fácil. Fue mi tío, el mismo que me llevó por el buen camino Albo, el que se encargó de eso y me llevó a ver mi primer clásico. Era carrera ganada antes de correrla pues el equipo azul estaba a punto de descender en ese enero de 1989.

Recuerdo el marcador electrónico que veía por primera vez, recuerdo como todo el sector norte decía “Chao” cuando daban la formación del equipo rival, pero del partido no recuerdo nada. Los lienzos y las barras llamaron mi atención, pues hacían su show aparte con los gritos y con cada idea que surgía para molestar a la barra rival. Vi muñecos vestido de azul volar por el sector norte donde cada persona que lo recibía le hacía algún “cariñito”. También vi que las barras tomaban lienzos de los contrarios como si fueran trofeos de guerra. Con mis ojos de niño eso todavía era un juego.

Ya principios de los 90 yo ya estaba un poco más grande y más responsable, así que conseguir permiso para ir solo a los estadios no se me hacía tan difícil, pero igual siempre iba con mi tío, sobre todo cuando se jugaban esas reuniones dobles en el Estadio Nacional donde de preliminar iba el equipo de celeste oscuro y el plato fuerte lo ponía el Colo-Colo de Morón, el Chano, Barti, Pizarro y los goles de Rubén Martínez. La fiesta era completa cuando el Cacique ganaba y más encima nos podíamos burlar de la derrota de la contra. Y tener un amigo chuncho hacía mejor esa fiesta.

Sin querer queriendo mi mejor amigo en el colegio y en la casa era seguidor de los azules, de esos que iban al estadio y que cada vez que yo iba a jugar a su casa con él ponía un cassette con canciones de su barra. Nunca me lo dijo, pero yo creo que intentaba que yo cambiara de camiseta, porque además siempre me invitaba para que lo acompañara a ver los últimos 15 minutos de los partidos que su equipo jugaba en el estadio Santa Laura. Y un amigo no deja solo a sus amigos, por mucho que sean del equipo contrario, así que yo iba igual, además  porque a esa altura de mi vida ya era el único fútbol que podía ver gratis y cerca de mi casa más encima.

Las primeras veces nos pusimos abajo, cerca de la reja para salir rápidamente cuando el partido terminaba, pero ya después él me guiaba hacia el centro mismo de su barra, donde del puro miedo yo movía la boca para que creyeran que me sabía sus canciones. Lo único malo es que nunca pude gritar un gol de ellos y eso en la barra azul era delatarse inmediatamente porque siempre había un ojo puesto sobre mí. Era en esos momentos cuando mi amigo me cubría y nos escabullíamos rápidamente para que no ganara la golpiza del año. Incluso en un partido tuve que salir arrancando solo por haber cometido la imprudencia de celebrar moderadamente el gol de Unión Española a dos minutos del final que significó el 2-1 para el equipo rojo sobre el azul. Ni Usain Bolt hubiese llegado antes que yo a mi casa ese día. Lo más divertido fue que después le pregunté a mi amigo sobre lo que pasó y me dijo que nadie me había seguido porque nadie se había dado cuenta. O sea, establecí una nueva marca mundial de velocidad y todo había sido en vano.

No sé si me gustaba mucho el riesgo, pero sí recuerdo que de adolescente hice muchas cosas por ver a Colo-Colo en los estadios de Santiago. Caminaba cuadras y cuadras cuando el partido terminaba tarde y no habían micros vacías para volver a casa. Juntaba mi dinero de las mesadas y de la locomoción que no tomaba para poder comprarme las entradas. Pero sin lugar a dudas lo más arriesgado que hice fue acudir al centro mismo donde se reunían todos los hinchas azules en aquellos años: la sede de Campo de Deportes.

Comprar entradas para ver al Cacique jugar de local era muy fácil, solo había que ir a la sede de Cienfuegos, hacer la fila, si es que la había, y comprarla, pues para ese entonces ya teníamos la Ruca Monumental en pleno funcionamiento. Pero jugar de visita y comprar la entrada  requería de mayores esfuerzos y uno de esos fue el que realicé una mañana de sábado de primavera.

Era una jornada doble en el Estadio Nacional y jugábamos en el partido de fondo contra Palestino, por lo que para comprar la entrada había que ir a la Cisterna o a la sede del otro equipo que jugaba de preliminar, que fue lo que finalmente hice junto a mi amigo.
En realidad fue él quien me convenció de ir y acompañarlo, a lo cual accedí no sin antes tomar las providencias del caso, como eran sacar de mi mochila todo lo que me identificara como colocolino, tarea para nada fácil, pues hasta en mi billetera tenía calendarios con la imagen de mi Colo-Colo querido. Saqué todo, o al menos eso creía.

El camino hacia la comuna de Ñuñoa en la micro debe haber sido el más largo de mi vida, estaba más nervioso que padre primerizo en la sala de espera, pero había que hacerlo, no me podía perder el partido de mi equipo.

Llegar a ese edificio plagado de camisetas azules me descompuso completamente y parece que de eso se dieron cuenta varios de los que saludaron a mi amigo. Me miraban y me decían “a ver socio, usted tiene cara de indio”. Estaba tan pálido que ni yo me convencía cuando les decía que no. Me sentía solo y rodeado de verdaderos torturadores listos para darme el tiro de gracia. Y lo peor es que ni siquiera había adquirido mi entrada. Revisaron completamente mi mochila en busca de algún indicio araucano, pero no encontraron nada. Fue entonces cuando recordé que había sacado todo, excepto el carnet de socio de mi billetera.

Una hoja tenía más color que yo y mi amigo se dio cuenta. Apenas me pidieron la billetera y el sudor helado recorrió mi espalda, él se puso agresivo y pidió que no me molestaran más, que iba con él y que queríamos comprar la entrada. No estuve más de 5 minutos en ese lugar, cinco minutos en los que pasó toda mi vida como colocolino por mi mente.

Estar en la trinchera enemiga, rodeado de hinchas de la contra y salir con vida y con la entrada en la mano es el trofeo de guerra más preciado que aún conservo en mi mente.

Ese fue el momento en que más sentido me hizo la frase: Con Colo-Colo hasta la muerte.

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