Por en Relatos con historia

Es conveniente aclarar que la siguiente historia no es ficción, tal vez parecerá serlo por el ambiente, pero créame, en los años 80 sí era posible jugar una “pichanga” en la calle.

El verano ya vivía sus últimos destellos en aquellos días de marzo. Ahora el calor era mucho más agradable que durante enero. Era el año 1985, ese año que se quedó para siempre en nuestra memoria.

La historia que estás a punto de leer te puede sonar a película, pero es la pura verdad, yo estaba ahí mirando todo, nadie me lo contó, es más, ahora mismo estoy rompiendo un pacto de mantenerlo en secreto. Simplemente no puedo callar más, esto se tiene que saber, porque anda a saber tú si llega a ocurrir de nuevo, es mejor estar preparado.

Como cada tarde del verano salíamos a la calle a eso de las 6, cuando ya el calor no era tanto, y si salíamos antes era para mojarnos con alguna manguera de la casa donde la mamá había salido. A mí nunca me tocaba pasar la casa, porque cuando mi mamá se iba me quedaba con mi abuela que era más brava que inspectora de colegio de monjas. La pelota era sagrada para ese horario, no podía faltar, y cuando eso ocurría la cosa terminaba muy mal para los vecinos del barrio, que tenían que salir más de una vez a ver quién tocaba el timbre sin lograr ver a nadie. Es que en el “rin rin raja” siempre fuimos los más rápidos.

A los 11 años no sobra el dinero, y no sé si de más grande sobra, pero lo que es a mí no me alcanza para muchas cosas: un chicle, un galletón y sería, de bebida ni hablar, eso ya son palabras mayores. Para comprar una pelota en el almacén teníamos que hacer una vaquita entre todos, así que sí o sí teníamos que jugar todos. Y era mejor así, porque cuando era el Lucho el que se ponía con la pelota siempre la “pichanga” terminaba cuando la mamá le decía que se entrara o cuando él se picaba porque no le cobraban lo que él quería.

De todos los partidos que jugamos ese verano, de ese estoy seguro que no me olvidaré. Era domingo y como buen domingo salimos un poco más tarde a jugar y había que hacerlo rápido porque pronto nos llamarían para adentro, al otro día empezábamos el colegio y había que bañarse con pelo.

A las 7 de la tarde estábamos todos afuera y la pelota la habíamos comprado el día anterior, así que todavía estaba buena, no tenía ningún tajo. Estaba el Pelao, el Guatón, el Negro, el Mono, el Pato, el Lucho, Yo y el Carnemarga (nunca supe porque le decíamos así). A los otros no los habían dejado salir, así que teníamos que apechugar nosotros no más, cuatro para cada equipo. El Mono, el Negro, el Guatón y yo estábamos en un equipo, así que nos ahorramos la elección del arquero, era ley siempre: el Guatón al arco. Al principio siempre reclamaba el Guatón, pero terminaba asumiendo, si al final era re malo jugando en otra posición.

Ya lo teníamos tan mentalizado al Guatón que para la Navidad había pedido el uniforme del Cóndor Rojas de regalo, pero solo le llegó la camiseta, no alcanzaba para más. Igual se sentía otra cosa con esa camiseta, si hasta se veía más flaco y hasta con el pecho inflado. Siempre que íbamos al estadio Santa Laura a ver a Colo Colo, de colados, el Guatón se quedaba en la reja, lo más cerca posible del Cóndor. Yo lo miraba y parecía hipnotizado cuando lo veía volar. Incluso una vez vi como se le caía la baba mirando las atajadas del número 1. Un día que el Colo había goleado a Naval el Guatón le gritaba cosas al Cóndor, para felicitarlo, hasta el día de hoy jura que él lo miró y le dio las gracias. El gordo no digamos que volaba como el Cóndor, pero como era Guatón tapaba bastante del arco y además no era muy alto, así que cada pelota que iba por arriba él reclamaba que iba muy alta, que no valía. Por eso me gustaba estar en el equipo del Guatón, porque era más llorón que mi hermana chica y siempre terminaba haciendo creer que la pelota pasó por al lado del “palo” o que iba muy alta. De cariño y a la vez como motivación, le decíamos “el Cóndor Guata” y hasta se creía el cuento.

Después de un buen rato, cuando ya íbamos 10 a 10, el Guatón se aburrió de jugar al arco y quiso salir, así que me puse yo al arco, porque o lo hacía o el gordo se iba para su casa. Y acá viene lo que dijimos que no le contaríamos a nadie, y si lo pienso, no se lo estoy contando a nadie, solo lo estoy escribiendo… ahora que esto lo lean o no es otro cuento.

“¡Auto!”, gritó el Negro, así que paramos la pelota y nos fuimos para una orilla, el Guatón tenía la pelota, así que él tenía que reanudar la jugada. Ahí estaba él, con su pinta de Cóndor Rojas sobrealimentado, con el indio que sobresalía en su pecho izquierdo y la cara toda roja después de haber corrido 30 segundos. Nadie lo presionaba, solo tenía que pegarle para dar el pase, pero se demoraba. El Carnemarga fue a apurarlo y ahí fue cuando se desencadenó todo. El Guatón se puso nervioso, trató de pegarle fuerte a la pelota y justo el “carne” se la corrió. Con toda su humanidad el Guatón cayó al piso y justo cuando cae sentí moverse el pavimento. No, si no te estoy mintiendo. Todos nos quedamos pegados en el piso mirando al Guatón y sintiendo como se movía la tierra. Los postes de la luz bailaban de lado a lado, los cables lanzaban chispas y el Guatón tenía la misma cara de espanto que cuando su mamá iba a reunión de apoderados.

No sé cuánto tiempo fue, pero apenas terminó cada uno voló a su casa para ver el desastre que había ahí dentro. La mamá lloraba, el papá estaba pálido y mi tío afirmaba la tele.

Al otro día no hubo colegio y costó volver a la normalidad, sobre todo teniendo ese secreto guardado entre los cabros. Teníamos que proteger al Guatón de tremenda calamidad, así que ninguno diría nada sobre lo ocurrido. Pero lo que sí decidimos es que el Guatón nunca más saldría del arco, o jugaba ahí o mejor se quedaba sentado mirando, nadie quería que se repitiera lo de ese 3 de marzo de 1985.

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